Nostalgia
El calor y este letargo son los culpables. Nostalgia. Solo el hecho de nombrar la palabra ya me produce esa sensación de paz, de recordar con alegría, y tristeza a la vez. La nostalgia engancha y, como todo, en grandes dosis es peligrosa.
Mata la dosis, no el veneno. El veneno, en pequeñas dosis, tiende a curar.
Me dio por buscar en YouTube el nombre de mi barrio y encontré un vídeo que lo recorría en sentido contrario. Es decir, no entraba al barrio, salía de él. O, dicho de forma sencilla, la persona que grababa hacía un recorrido que para mí representaba salir de mi barrio.
Las calles principales las llamábamos avenidas. Dos carriles de ida y dos de vuelta. Yo creo que la definición de “avenida” se debía a que no era posible cerrarla al paso de los coches para poder jugar al fútbol, porque en esa época toda “calle” era susceptible de convertirse en un campo de fútbol.
Exageraciones aparte, la prolongación de aquella avenida era una especie de rambla, con muchos árboles, que llegaba hasta un barrio más nuevo. Así la recuerdo. Aquella salida, de calle nueva, barrio nuevo y casas más grandes, tenía una curva de dudoso peralte.
Recuerdo esa curva porque en un accidente murió una persona. Su todoterreno se partió en dos al salirse y estrellarse contra un árbol.
“Se le cruzó un árbol”, se comentaba con sorna.
En el vídeo de YouTube quien grababa pasó por esa misma curva. Ahora la avenida tiene tres carriles de ida y tres de vuelta. Se ve que los árboles incomodaban porque ya no existen. Se ve que los coches ganaron.
Seguramente la curva ya no sea tan peligrosa como en mi época porque la densidad del tráfico no permite coger velocidad. Es lo que tiene el desarrollo: arranca de cuajo lo que podría haber sido planificado.
Quizá sea el verano, pero últimamente tropiezo constantemente con cosas que me llevan al mismo sitio.
La nostalgia está de moda.
Aunque decirlo así parece demasiado sencillo.
Hace poco tropecé con un vídeo que explica cómo usar el protocolo que utilizaba ICQ en sus inicios. Ahora es Open Source y con un poco de ganas y conocimiento, puedes montar una red con tus colegas. Pero lo interesante es la reflexión que hace Veronica (la autora): aquella maravillosa posibilidad de conectarse y desconectarse. No ponerse en invisible, silenciar notificaciones o activar un modo concentración. Desconectarse. Dejar de estar. Uff, qué tiempos.
También me encontré con El Elevador, un “hotel” que propone reservar por carta. Lo de llamarlo hotel tiene algo de truco de marketing, pero el proyecto tiene una pintaza. Carta en papel escrita a mano, sello, buzón y esperar una respuesta.
Podrían parecer caprichos vintage. Formas “sofisticadas” de decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero creo que hay algo más.
También está ocurriendo con lo imperfecto.
Niu Lai, una película china de animación realizada prácticamente por una madre y su hijo, se convirtió este verano en un fenómeno viral. Es rudimentaria, cutre y torpe. Dicen que al principio la gente fue a verla porque era mala. Lo interesante es que después algunos empezaron a reivindicar precisamente aquello que la hacía mala.
No parecía fabricada por una industria. Parecía hecha por alguien.
Con los videojuegos ocurre algo parecido. El píxel ha vuelto. Las consolas antiguas, los cartuchos, los remakes, las pequeñas máquinas portátiles de emulación. Una industria capaz de renderizar mundos indistinguibles de la realidad descubre que hay millones de personas que quieren volver a ver cuadrados.
Podemos interpretarlo como nostalgia generacional. Seguramente una parte lo sea. Pero también puede que estemos buscando límites.
Un videojuego de 8 bits no podía hacerlo todo. Una carta tarda. ICQ se desconectaba. Una película hecha entre dos personas tiene defectos. Las cosas tardaban. Terminaban. Y había cosas que simplemente no se podían hacer.
Y quizá esas limitaciones no fueran solamente problemas que había que resolver.
Lo complicado es distinguir qué merece ser recuperado.
Hay nostálgicos y nostálgicos. La AfD alemana, por ejemplo, se quiere cargar la Bauhaus. Parece un titular de hace cien años, pero no. Es de este verano.
Es otra forma de mirar atrás.
Solo que ahí el pasado ya no sirve para preguntarnos qué perdimos por el camino, sino para imaginar un tiempo supuestamente mejor al que deberíamos regresar.
Y no es lo mismo.
La nostalgia puede ser una herramienta interesante si nos ayuda a observar el presente. Se vuelve peligrosa cuando empezamos a utilizarla como proyecto de futuro.
Por eso quizá no quiero volver a ICQ, ni reservar hoteles por carta, ni jugar exclusivamente a videojuegos de mi infancia.
Lo que me interesa es preguntarme por qué todas esas cosas empiezan a resultar atractivas precisamente ahora.
Puede que después de años haciendo todo más rápido, más inmediato, más disponible, más fluido y más perfecto, estemos empezando a echar de menos la fricción.
La espera.
Los límites.
La posibilidad de desconectar.
Incluso los errores.
Dicen que cuando te haces mayor sientes que el tiempo pasa más rápido. Quizás por eso añoramos ir más lento.
Volviendo a la curva cerca de mi barrio, me queda muy claro que la culpa no la tenía el árbol.
La culpa es de la velocidad. Correr por correr.